Close

Luis García Montero: “el neoliberalismo crea muchas víctimas”

Por Arantxa Carceller

Sus miradas pétreas nos contemplan impertérritas. Cuánto habrán visto desde esa posición privilegiada de la villa, en la calle Alcalá, una de las más antiguas de Madrid. Cuatro son las mujeres que custodian sus puertas, flanqueadas por una retahíla de columnas de estilo neoclásico. Aires de otro tiempo. Por ellas, se le conoce como Edificio de las Cariátides, aunque hubo un tiempo en el que también recibió otros nombres, Banco Español del Río de la Plata, luego Banco Central y ahora Instituto Cervantes. Allí nos recibe su actual director, el poeta Luis García Montero (Granada, 1958), quien con tan sólo 24 años ganó el Premio Adonáis de Poesía (1982), gracias a la obra El jardín extranjero. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los grandes exponentes de la poesía contemporánea. También ha publicado novela y ensayo. En su periplo literario, ha alcanzado otros premios: Loewe de Poesía (1993), Nacional de la Crítica (2003), de la Crítica de Andalucía (2008), Poetas del Mundo Latino (2010) o el Nacional de Poesía (1994) que obtuvo por Habitaciones separadas. Hace unos años se presentó como candidato de Izquierda Unida a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Antes de aterrizar en el Cervantes, ejerció como catedrático de Literatura Española en la Universidad de su tierra, Granada. La misma que la del poeta en Nueva York. Por él y otros grandes literatos “que me deslumbraron, me hice yo poeta”, confiesa. Fue gran amigo de Alberti, quien se convirtió en su tesis doctoral, y junto a su mujer Almudena Grandes, forma parte del club de Rota (Joaquín Sabina y el club de Rota de Francisco Sierra, editorial Renacimiento) del que también son su íntimo amigo Joaquín Sabina, Benjamín Prado, Eduardo Mendicutti o Felipe Benítez, entre otros. Fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía. Su poesía, al igual que su ideología, es combativa, crítica, mas su verso siempre está junto “el murmullo de la gente” (A puerta cerrada, 2018).

¿A qué retos se enfrente hoy en día el Instituto Cervantes?  

“El Instituto Cervantes se puso en marcha 1991 para divulgar la cultura y la lengua de los españoles. Nosotros atendemos las cuatro lenguas oficiales: el catalán, el euskera, el gallego y el español. Nuestra tarea es defenderla y divulgarla por el mundo. Desde sus comienzos se comprendió que la tarea del Instituto Cervantes debía de ser, también, defender la cultura en español. Formamos una comunidad con presencia en todos los continentes, que puede responder a los retos de la globalización, si es consciente de su unidad. La única manera de mantener la unidad es respetar la diversidad, saber que nadie es dueño de un idioma, que existen variaciones de un idioma que no entorpecen la unidad.

   Nosotros creemos que los idiomas no sólo son un vocabulario, representan unos valores, una memoria, una cultura y nuestra apuesta es hacer del español una lengua de seducción democrática. Otra vía de actuación es hacer del español una lengua para la ciencia y la investigación. El español no es simplemente la lengua de Cervantes, de García Márquez o Mario Vargas Llosa, es también una lengua con muchas posibilidades tecnológicas y científicas. Cuando te comentaba que para nosotros era muy importante apoyar proyectos democráticos, pues la sociedad democrática necesita, sobre todo, desarrollo y bienestar. Somos muy conscientes de que una parte de la comunidad hispana no tiene desarrollo y bienestar. Si queremos democratizar la lengua, hay que apostar por el desarrollo y el bienestar de nuestra comunidad. Para eso, es fundamental la inversión en ciencia y en tecnología, para desarrollar nuestras sociedades.”

Decía que nadie es dueño del idioma.

 “Nadie puede creerse centro del idioma. Los hablantes de Salamanca no pueden creerse que ellos hablan muy bien y los andaluces hablan muy mal, porque simplemente en Salamanca se habla el español como se habla en Salamanca y en Andalucía se habla el español como se habla en Andalucía. En España no podemos pensar que somos dueños del idioma, porque el idioma se habla en España como lo hablamos los españoles en su diversidad, al igual que ocurre en el Río de la Plata. El idioma es una cosa de los hablantes. El idioma está vivo porque pertenece a la gente.”

Aun así, los hay que quieren apropiarse de una lengua.

“La fuerza del idioma tiene que ver mucho con nuestra identidad. Nuestra identidad se conforma con un idioma. Cuando nosotros decimos que queremos apostar por la seducción democrática, queremos decir que hay que utilizar las palabras para meditar y provocar identidades abiertas que se entiendan en el diálogo, en el respeto a la diversidad y no intentar ver al otro como si fuera una amenaza. Hay, por ejemplo, una corriente ahora representada por la administración de Donald Trump que ha decidido defender el sólo inglés, identificando el inglés con la identidad cerrada del que ve al otro como un enemigo. Por tanto, está negando el sentido de pertenencia en EEUU a los 56 millones de habitantes y ciudadanos que son bilingües y hablan el español también. Eso aquí supondría una trampa parecida en Cataluña, en el País Vasco, en Galicia, pueden creerse que para ser español sólo hay que hablar español, y no comprender la riqueza que suponen las otras lenguas del Estado, o al mismo tiempo, los que quieren excluir a los hablantes de español en sus territorios. Las identidades cerradas suelen utilizar el idioma. Buena parte de la ideología nazi se fundó en la manipulación de un idioma pensado para empujar a la gente hacia el odio, hacia la defensa de purezas raciales y hacia el miedo. Ese tipo de trampas son muy peligrosas, porque nuestra identidad está hecha de palabras. Está habiendo un proceso de manipulación del idioma que nos obliga a estar muy precavidos, para no utilizar un lenguaje que invite a identidades cerradas al odio, al miedo y para utilizar las palabras como un espacio de entendimiento de identidades, que tienen que ser abiertas.”

Al hilo de sus palabras, en su libro Las palabras rotas, usted habla de la trampa que lleva consigo la globalización al hablar de identidad.

“La globalización es una realidad, pero esa realidad hay que enfocarla de muchas maneras. Hay una globalización que está destituyendo el sentido de pertenencia y eso a veces facilita indiferencia, falta de solidaridad. Ese es ese sentido de individuos que viven en soledad, que solo son responsables de su propia vida y que no tienen lazos, ni vínculos, con la sociedad en la que viven. Eso genera soledades hasta el punto, que si hay una vecina en el quinto que está muerta de frío, porque no tiene para pagar la electricidad, pues te resulta totalmente indiferente. Ese tipo de soledades deshumanizadas se han generado mucho en la globalización. Por otra parte, cuando la globalización ha provocado migraciones y movimiento de personas se ha podido caer en el otro extremo, en hacer una identidad cerrada fuerte, que vea a todos los demás como enemigos. Se ha provocado un racismo tremendo. Creo que eso está surgiendo por la falta de un sentido fuerte de pertenencia. Todo eso se está dando en un marco provocado por la economía y la cultura neoliberal. La cultura neoliberal es la que está devolviendo la palabra libertad a la idea de la ley del más fuerte. Parece que la libertad no tiene dimensiones sociales, que los Estados no pueden fijar marcos de convivencia, que cada uno sea dueño de su propia suerte y su propia fortuna. Eso te quita cualquier sentido de pertenencia. El problema es que el neoliberalismo crea muchas víctimas. Hay empobrecimiento de las mayorías. Hay una desigualdad galopante. La fortuna se agrupa en pocas manos y se empobrece mucho la gente, y esa gente se siente desamparada. Se están perdiendo los antiguos sentimientos de amparo de los Estados, que vigilaban el bienestar, la distribución, los servicios públicos, cada vez más deteriorados. Eso ha provocado, como reacción, que las mayorías empobrecidas empiecen a vivir situaciones de miedo, y el miedo empuja al odio, a la crispación. Por eso están brotando movimientos racistas, que vuelven a discursos fascistas, que en el fondo están unidos por la misma raíz. Por una parte, facilitar una economía sin responsabilidad social que es la vuelta a la ley del más fuerte, y por otra parte, un empobrecimiento de las sociedades, que lo que genera, más que respuestas a esa economía, es la lucha por la supervivencia. Cuando pienso en los derechos humanos suelo repetir que, por desgracia, nuestros países se están convirtiendo en un privilegio para las clases acomodadas. A mí me deprime mucho lo que está pasando en Lesbos, en las costas del Mediterráneo. Cada vez que pensamos que el muerto de una patera no es un ser humano que muere, sino un ilegal, el lenguaje ahí está mirando hacia un deterioro de los derechos humanos. Pienso en las personas de mi provincia, Granada, que están viendo llegar pateras y que no llegan al mes a ganar más de trescientos euros. Esa gente está en unos niveles de desamparo tal, en unos niveles de injusticia, que son caldo de cultivo para el miedo, el odio, y más que analizar cuál es la realidad de lo que está ocurriendo, lo que piensan es que viene alguien de África a quitarle la poca posibilidad de trabajo que tiene para sobrevivir. Por eso se generan estos discursos racistas. Hay que ser muy conscientes de eso, y eso es toda una meditación sobre la identidad y sobre las palabras. ¿Qué sentido democrático podemos darle a palabras como libertad, política, verdad? Libertad qué significa, ¿hacer lo que te da la gana? ¿Un deseo se puede confundir con un derecho? A lo mejor, todos tenemos deseos, pero no tenemos el derecho de que se haga realidad. O tú tienes el deseo de tener muchos beneficios, pero ¿tienes el derecho a implantar un sistema de vida que te permita esos beneficios? Es obligado que la libertad no se olvide de su palabra compañera que es la igualdad. Ahí está el sentido de pertenencia. Una sociedad con vínculos, donde la gente no sólo sea libre, sino que pertenezca a esa sociedad, que tiene que organizar la convivencia, y sin igualdad, no se organizan convivencias. Si hay que poner normas, para que la fortuna no se acumule en pocas manos y se paguen impuestos, para que después sea posible una redistribución que permita la igualdad, pues hay que apostar por eso. Para mí, eso es la política. La política no puede ser la palabra del sectarismo, de la mentira, de votar cada cuatro años para que los políticos estén al servicio de los poderosos y de las grandes fortunas. Creo que la política es la gran invención que tenemos los demócratas a mano, para garantizar la convivencia sin violencia. Tiene que haber una política preocupada en consolidar Estados, que impongan las normas sobre las libertades individuales y faciliten la convivencia en igualdad.”

¿Si hablamos de igualdad, debemos hablar de verdad?

“Esa es otra de las palabras que a mí me preocupa, porque están surgiendo dogmas y muy fuertes. En ese sentido, me gusta mucho la referencia de Albert Camus, cuando decía, yo como periodista puedo comprometerme a no mentir, lo que no me puedo creer es en posesión de la verdad. Es un matiz muy importante. El uso de la verdad en nuestra cultura ha sido muy legitimador de injusticias. El siglo XIX en toda su cultura sobre todo se dedicó a desmontar la palabra verdad. Ha habido una gran labor de denuncia de la palabra verdad, que nos debe poner en duda cuando se escribe verdad con mayúscula. ¿Cuál es el problema? Después del siglo XIX llega la posmodernidad y esa denuncia necesaria a la palabra verdad tiene unos efectos muy peligrosos para la convivencia social, porque se deriva a la cultura neoliberal. Como no existen verdades, nada tiene importancia, todo da igual, nada tiene arreglo, tú a lo tuyo y yo a lo mío, el relativismo absoluto, que puede ser un relativismo personal o puede ser un relativismo social, e incluso, de fronteras nacionales. Por ejemplo, un pensamiento feminista o es global o es una trampa. De qué me sirve sentirme muy orgulloso de los avances que tenemos en España, si después no estamos denunciando lo que está pasando en Afganistán, por ejemplo. Los valores en los que creemos son derechos humanos y ese relativismo de todo da igual, nada tiene importancia acaba convirtiendo la duda en los dogmas en un vacío de falta de valores y creencias. Conclusión. A mí me parece que la cultura, el pensamiento político, no sectario, y la reflexión sobre las palabras, nos debe llevar a reivindicar valores que nazcan de un acuerdo democrático y que defiendan los derechos humanos. Por citar a Antonio Machado: ¿Tú verdad? no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela.”

Pero tenemos en contra el tiempo. Hoy en día, hasta el tiempo ¿es un privilegio?

“La cultura neoliberal convierte en mercancías a las personas y a los conceptos que ordenan nuestra cultura, y ha convertido el tiempo en una mercancía. Vivimos en la velocidad. Vivimos en un sistema que tiene todos los días miles y miles de fuentes informativas de usar y tirar. A mí me gusta el tiempo literario porque es el tiempo del relato, que tienen sus principios, sus planteamientos y sus desenlaces. Es el tiempo de la experiencia humana que va pasando de generación en generación. La posmodernidad jugó a acabar con los grandes relatos. Eso nos está marcando. Ahora, buena parte de los dogmas, de los miedos, tienen que ver con las falsas noticias, con las mentiras.”

Si vivimos en la velocidad, ¿eso resta la capacidad de reflexionar?

   “De muchas maneras. Fíjate, por citar otra vez a Antonio Machado, cuando le decía a sus alumnos, la verdad y la libertad no está en poder decir lo que pensamos, está en poder pensar lo que decimos. Por ejemplo, si hay una persona a la que se le muere un hijo o un padre, y al medio minuto está dando en Facebook, Twitter o Instagram la noticia de que ha tenido una perdida, si no tenemos ni dominio con nuestro propio dolor para no convertirlo en un espectáculo, imagínate con el pensamiento. Hay una cantidad de cosas que se dicen sin reflexión alguna, que tiene que ver con la sociedad en la que vivimos. Por eso a la gente se le puede engañar muy fácilmente. Por eso se puede invitar al miedo, al odio. Y no simplemente en esa invitación a la soledad está también la información Hay que ser vigilantes y autovigilantes.

Por otra parte, se ha confundido información con comunicación. La situación de la prensa es muy complicada. La prensa siempre ha tenido sus intereses ideológicos. Lo que ocurre es que ahora los grandes medios de comunicación están en manos de grupos de inversión y de fortunas, con unos intereses muy concretos. A parte de eso, para cumplir su función los grupos de información se tienen que adecuar a los tonos informativos. En vez de defender una información honesta, meditada, están heredando todas las trampas de las redes sociales, de las falsas noticias y se está convirtiendo todo en un espectáculo que llame la atención. Hasta en los medios tradicionales se está utilizando el escándalo para fomentar la audiencia. Todo se está volviendo sociedad del espectáculo y es ahí donde no hay tiempo para meditar.”

Por tanto, y regresando a sus palabras rotas, ¿hemos pasado de una sociedad en ruinas a un vertedero?

“Sí. La palabra ruina tiene que ver con el paso del tiempo. No somos eternos. La historia humana pasa, pero el envejecimiento, la historia, tienen su dignidad. Es en ese relato de la experiencia humana, donde los jóvenes vienen recibiendo la herencia de los mayores y donde los mayores se comprometen con el futuro de los jóvenes. Ahora, la metáfora de la sociedad en la que vivimos no es la ruina, es el vertedero, porque es el desperdicio. Todo es objeto de usar y tirar. Los seres humanos, los cuerpos, los vientres. Todo convertido en mercancía. Los valores. Todo es relativo. El vertedero sustituye como metáfora a la ruina.

   Como profesor de literatura siempre expliqué las enfermedades como metáforas sociales, según se trataba en los libros. La gran metáfora de la crisis romántica fue la tuberculosis. Las novelas, los poemas, se llenaron de tuberculosos. El sujeto de la modernidad había entrado en crisis. Se estaba consumiendo interiormente. Se había roto el pacto entre corazón y razón. Ahora, yo creo que la enfermedad que podría metaforizar la sociedad en la que hemos vivimos, desde finales del siglo XX a principios del siglo XXI, es la anorexia. Estamos tan controlados, tan manipulados, que somos incapaces de tener relación con nuestro cuerpo sin mediación. Esa imagen programada de la belleza que ha querido crear cuerpos perfectos, ha provocado una relación mediatizada con nuestro cuerpo. La experiencia de los seres humanos de carne y hueso está siendo sustituida por las realidades virtuales, que fluyen en el mundo a través de las redes y que nos impiden pensar. A mí me gusta reivindicar la estética de la conversación, el poder entenderse, respetarse, conversando, teniendo en cuenta que conversar no es sólo hablar, es escuchar.”

Por último, ¿la literatura es una forma de resistencia?

 “Yo estoy convencido. El ser humano tiene que responder a muchos valores y ahí está la literatura. Quien se mete con la tecnología es un cretino. Quien se mete con la ciencia es otro cretino, y creo que hay que ser imbécil para despreciar las humanidades también. Porque la ciencia y la tecnología si no está en manos de conciencias humanas, se pondrán al servicio del negocio de la destrucción o de la explotación y no al servicio de una sociedad libre e igualitaria. Esa educación humana para mí es fundamental y la literatura tiene que ver con eso. Cuando llegamos a la verdad del ser humano y empezamos a hablar del deseo, del amor, de la muerte, de la vida, de la dignidad, de la necesidad de ser justo, necesitamos algo más que ciencia y tecnología. Por eso, considero tan cretino al que desprecia las humanidades, como al que desprecia la ciencia o la técnica.”

 Entrevista realizada el 12 de marzo de 2020 en Madrid  antes de que se decretase el estado de alarma. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *